lunes, 23 de abril de 2007

¿Por qué el fútbol?

Esta opinión la armamos junto con mi hermano; y surge gracias a las entrevistas realizadas a Nelson Reascos (decano de la Facultad de Sociología) y Alfonso Laso (periodista deportivo).
El fútbol sólo se puede comprender desde la base misma de lo social y lo cotidiano; su aprehensión supera las propias barreras del deporte y se extiende hasta ámbitos inimaginables. Es un juego para el mendigo y el empresario, para el africano y el albino, es un juego sin dueños pero de todos.

Hace aproximadamente cuarenta años, el deporte, y específicamente el fútbol, se constituyó en uno de los aspectos identitarios de nuestra nacionalidad. No obstante, no fue hasta hace ocho años que el fútbol se convirtió en ese referente (aunque efímero, referente al fin) que nos pavimenta un camino hacia una autoestima menos abatida. Existen logros en el mundo técnico y académico que también forman parte de este pelotón que estimulan la autoestima nacional. Sin embargo, el deporte es lo más vitrinal, y por ende, lo más manejado por los medios; tanto así, que incluso ha logrado una revalorización étnica. Posiblemente el deporte sea una de las pocas actividades donde podemos encontrar un estereotipo que se acerca, de manera más fidedigna, al ecuatoriano. Agustín Delgado, Martha Tenorio, Jefferson Pérez, son hombres y mujeres que se asemejan más al ciudadano ecuatoriano común.

Inmersos en la seriedad y hermetismo académico, muchos cuestionarán la validez del fútbol como un tema de discusión nacional. Aún manteniendo este criterio, tenemos que coincidir en que el fútbol es el asunto más serio dentro de lo poco serio; y es que cómo explicar que un juego, algo tan sencillo como eso, ocupe un lugar tan significativo en la sociedad ecuatoriana y mundial.
El papel del fútbol en una comunidad como la nuestra, va más allá de dos horas de catarsis espiritual donde un individuo puede descargar todo el estrés de una semana laboral. El deporte es una de las actividades que nos brindan la posibilidad de sentirnos un poco más humanos, con pasiones y arrebatos, de volver, de cierta forma, a sentirnos niños. De ahí que la actividad futbolera y todo lo que conlleva, no resulte intrascendente. Esto explica que artistas de la magnitud de Galeano, Onetti, Fontanarrosa, entre otros, hayan puesto sus ojos en el fútbol. Es una arte efímero, desenfadado.

Si bien el fútbol ha ganado un gran espacio en nuestra sociedad y por ende en los medios de comunicación con la clasificación al mundial, todavía estamos lejos de ser un país futbolizado. El éxtasis del balompié no es duradero y se sabe que no incide determinantemente en la vida del aficionado. Se podría considerar, más bien, que somos una sociedad novelizada: con novelas en todos los canales y con la tranquilidad de su rentabilidad, en proporción se ve más novelas que partidos de fútbol.
Más allá de esto, este deporte no deja de ser una industria capaz de mover a 3 800 millones de personas (espectadores de la final de la copa del mundo en el 2002). Ha permitido, además, que se le unan otras corrientes sociales para que, aprovechando el éxito deportivo, crezcan y lucren al mismo tiempo. Las empresas publicitarias han sabido tomar ventaja de la fiebre mundialista para crear un público propenso para el consumo de todo tipo de producto referente al fútbol. Sin embargo, con el apoyo de estas mismas empresas, organizaciones caritativas y dirigidas por los propios futbolistas, pueden contar con los recursos que ellos necesitan para hacer su trabajo, básicamente social. En este sentido y bajo esta consideración, el fútbol ha logrado que varios organizaciones se involucren en menesteres de ayuda social y apoyo logístico para los sectores marginados. Fenómeno que ningún otro actante social ha conseguido.

Después de todo, la conquista futbolera en una sociedad con tantas carencias, ha permitido al ecuatoriano creer que los más altos objetivos son posibles.

jueves, 5 de abril de 2007

Cuenta Cuentos. HISTORIAS DE JULIO EGUIGUREM

No crecí queriendo ser como mis padres, sino como don Julio Eguigurem. Es por eso que entré en la política por la puerta de atrás. Sin apadrinamientos, casi de casualidad. Repitiéndome y repitiendo a todos lo mismo: “La política es un fiasco. Al igual que la democracia. ¿Realmente creen que estos sinvergüenzas hacen algo por la nación?”. Lo decía sin reparo de mis padres, convencido de que aquella frase me acompañaría a lo largo de mi vida. Hoy, sin embargo, creo que lo decía por temor a involucrarme en la lista de mis viejos y decepcionarlos. En realidad, por temor es que funcionaba el partido, o la política en general. Recuerdo que toda la ciudad temía al Partido Revolucionario de Reivindicación Ítaloamericana, el PRRI.

Las elecciones del 74´ fueron decisivas para el PRRI, y, además, marcaron mi futuro. Tenía 26 años y había sido confidente de las reuniones, supongo que de altísima relevancia algunas, entre mi padre, los banqueros, ministros y don Julio Eguigurem, el asistente de mi padre. Don Julio siempre lo acompañaba. No salía en la TV o en los diarios, sin embargo siempre estaba ahí, cargando las carpetas y contestando las llamadas. El día de cierre de campaña (mi padre aspiraba a la presidencia) la excitación y el estrés no cabían en la oficina. Don Julio, como poca veces, fruncía el ceño recorriendo los pasillos, ocultaba sus manos, se impacientaba. Asumí que su intranquilidad se debía al retraso de mi padre a la rueda de prensa planificada en la planta baja. El retraso era de casi una hora y mi viejo no salía de su despacho. Al irlo a buscar lo encontraron sentado en el sillón con una herida de bala en su cabeza. Ese año, Don Julio remplazó a mi padre y al año siguiente, gracias a un golpe de estado político auspiciado por el PRRI, Don Julio Eguigurem asumió la presidencia.

Hoy, su asistente soy yo. Y el cierre de una nueva campaña se anuncia con una rueda de prensa que lleva varios minutos de retraso.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Cuenta cuentos. La casa de Asterión (el borrador)

El minotauro, ensimismado, contenía el aliento y dejaba caer una lágrima a cada grito de Teseo. Su falta de hambre había salvado al muchacho, y ahora el muchacho lo podía salvar a él.

Asterión dejó de ver al horizonte y levantó la espada. Se dirigió al afortunado hombre y arrojó el arma a unos pasos de Teseo. El minotauro lo liberó de las cadenas y le dio la espalda a su pasado, para mirar, en algún lugar desprovisto de paredes, la inmortalidad.

miércoles, 7 de marzo de 2007

SÓLO ALBOS. De esas noches....

Es difícil definir el olor a fútbol. Quizá porque, pragmáticamente, no es un olor. O mejor dicho, no es sólo un olor. Es por eso que muchos no entenderán cuando digo que al ir a la cancha de la U, un par de minutos antes de parquear el auto, ya se huele a fútbol. Y es que ir a la cancha es un ritual de los más necesitados por todos (los futboleros claro está). Por tanto, cuando digo que huele a fútbol, me refiero a la narración de las particularidades y razones de ese ritual, que las vas descubriendo a medida que te acercas al estadio.

Minutos antes de parquear, cuando tomas la curva en la Diego de Vásquez, casi sin querer, el enorme marcador electrónico del estadio de Ponciano aparece deslumbrante, y el sello de la U en la pantalla golpea tu vista, como sacándote del ensimismamiento, para volver al eje, para anunciarte que estás cerca de entrar. Allí, en ese primer momento, se huele a fútbol. Y aquella sensación es acompañada por algo indispensable para que el ritual vaya tomando forma: la ansiedad y los nervios. Más aún cuando el rival es Colo-Colo. Es por eso que bajas del auto con apuro, casi sin preguntar el precio por la cuidada del carro. Agarras bien tu entrada, te acomodas la chompa, ves al cielo, no lloverá, caminas, esperas, tomas un bocado profundo de aire... y el ¡Vamo Liga, carajo! es acompañado por un sonoro aplauso.

La caminata a la entrada del estadio continúa. Vuelves hacia la Diego de Vásquez para cruzar la calle acompañado de cientos de personas que, desde distintas vertientes de la zona, desembocan todos en esta avenida. Las camisetas blancas se aglomeran, forman un mancha enorme que se mueve a un mismo ritmo, bajo una misma ilusión; y en el descenso hacia a la general norte el ritual toma color y armonía. Los bombos suenan, los barras bravas toman la batuta de los cantos y todos, contagiandos por el ritmo y con la necesidad de librarse de la ansiedad y los nervios, cantan: ¡Dale oh, dale oh, dale oh , dale oh! ¡Albo vos sos la alegría, sos lo más grande que hay en mi vida! ¡Dale oh... Y todos siguen caminando.

La fila para entrar es enorme. Sin embargo, se mueve; y la espera se acorta con una radio en la mano (dale oh, dale oh) y una fugaz conversación con el hincha, compañero implícito, de atrás. Todos pronostican un resultado y, obviamente, en ninguna de las premoniciones, Liga pierde. Es más, en la mayoría, golea. Será siempre una incógnita saber cómo razona el aficionado, (dale oh, dale oh) cómo hace para argumentar, y convence a todos, de que su equipo golea siempre. Y en ninguna de sus explicaciones las razones son lógicas. Seguramente a quien convence, intento explicarme, es a otro hincha, que tampoco busca encontrar lógica en una conversación de fútbol. (dale oh, dale oh)

Todos han ingresado al estadio y la Liga ya está en la cancha; los chilenos también. Ya acomodados en las gradas, los nervios aumentan. De esta manera, el ritual termina para dar paso a otro ritual aún más complicado de narrar, pero donde el olor a fútbol es aún más evidente.

martes, 27 de febrero de 2007

Crónicas de una historia que busca un final (3)

...entonces, ahí nos hablamos.

Esas fueron las últimas palabras de Joaquín al teléfono. No un chao, que duermas bien, que descanses, sueña en mí, o cualquier otra frase rápida y fácil que sirva de epílogo de una conversación telefónica que, con mucho esfuerzo de ambas partes, se prolongó por media hora. No fueron pronunciadas, obviamente, oraciones como te quiero mucho o, peor aún, te amo.

En realidad, y con exactitud, Alejandra y Joaquín hablaron por 27 minutos y unos pocos segundos más. Los segundos necesarios para la despedida de Joaquín: entonces, ahí nos hablamos. La pausa que, por motivos de puntuación, se expresa con una coma, representa casi la mitad de los segundos transcurridos durante la frase. Con exactitud, entonces, la última expresión que despidió la llamada duró 4 segundos. Si bien la relación apenas empieza, muchos coincidirán si decimos que el tiempo dedicado por Joaquín, casi efímero, para despedir a Alejandra, es el primer desacierto como novio. No sabemos, o al menos yo, como su narrador[1], los motivos específicos por los cuales el novio no se empeñó en insinuar palabras de cariño y aprecio hacia la novia. Sin embargo, podemos especular. Ejercicio, además, indispensable, debido al espacio otorgado a la imaginación, para escribir un relato. Por un lado, podemos suponer que Joaquín teme al compromiso con una muchacha. Lo cual implicaría muchas inseguridades y traumas que, por efectos de composición del cuento, no serán explicadas. La otra opción: que simplemente se haya arrepentido del compromiso recientemente adquirido. Pero no descartemos, ni más faltaba, la posibilidad de que, la enorme ilusión que Alejandra produce en Joaquín, provoque en el interior del hombre una suerte de contrasentido en el que las palabras deciden el curso contrario de las intenciones. O, simplemente, algo se dijo en esa charla que no dio lugar a otra despedida.

Entonces, ahí nos hablamos... ¡Vaya frase para despedir a la novia! O quizá Alejandra, que derramó su vaso de limonada mientras hablaba, quedó en llamarlo después de secar su ropa.



[1] La intención irónica de esta última aseveración es evidente. Si yo, como narrador y dueño de la historia, no conozco algún aspecto de la misma, menos ustedes como lectores. La aclaración la hago para la tranquilidad de los más ortodoxos en las técnicas de narración. Para mantener, como si fuera ley, la consistencia en el relato.

jueves, 22 de febrero de 2007

Cuenta cuentos. PURIFICACIÓN

La imagen lo perturbó de inmediato.

- Ya pasó, ya no duele - la voz interrumpió el ensimismamiento del sujeto que había clavado sus ojos sobre el rincón donde se recogía Juan Carlos.
- Pero qué ha pasado - no alcanzó a pronunciar ni una palabra de lo que se preguntaba cuando encontró la respuesta a unos pasos de él. El frasco donde Juan Carlos conservaba su colección de insectos africanos se hallaba en el suelo, quebrado el cristal. Un sutil pánico se apoderó del sujeto que enseguida dio un paso hacia atrás, queriendo alcanzar la salida pero sin lograrlo porque le detenía la condición de su amigo… su rostro. Le detenía, convengamos, la compasión. Tan inoportuna siempre.

- No te preocupes, apenas se rompió el frasco fumigué el departamento – desde el suelo Juan Carlos tranquilizó a su única ayuda en ese momento, adivinando la preocupación del sujeto al constatar el quebramiento del recipiente que encerraba a los animales.
- Cómo estoy, cómo me veo; ya salió todo el veneno, creo. Aún veo con un ojo - continuó Juan Carlos, asustado, recogido en la esquina, con miedo, ya rechazado.
La picazón del bicho contenía el veneno inasible y fatal. La inflamación del lado izquierdo del rostro infló las venas que sostenían al ojo, éste, inevitablemente, saltó de su empotramiento, acumulándose la sangre en la base del pómulo; la leve elevación de color habano se iba extendiendo hasta llegar a la nariz provocando un dolor insoportable. La desubicación del lente humano originó el drenaje de un líquido verdoso, extrañamente espeso, que fluía de la base de la estropeada córnea; el líquido fluía imparable, tóxico, por lo cual la enorme sombra verde se adhería a la piel, la corroía, se penetraba hasta desintegrar el hueso que sostenía la deforme cara de Juan Carlos.

- No te preocupes – dijo el amigo – los paramédicos están por llegar. Se había acercado a Juan Carlos con recelo, lo necesario para darle confianza. Se inclinó hacía el desgraciado hombre con la morbosa curiosidad de identificar los detalles de las heridas, de las llagas secas. Lo conmovió una vez más la imagen; sabía que su amigo lloraba pero no había lágrimas, sabía que había dolor pero Juan Carlos sonreía. Sonreía como si no le importara la ceguera de su ojo derecho, su cara deforme, sus huesos casi al aire. Su semblante, a pesar de lo anormal del rostro, parecía recobrar un aire jovial, tranquilo. El sujeto supuso que a Juan Carlos le tranquilizaba su presencia. Supuso. El sujeto seguía en frente de Juan Carlos, se llevó la mano atrás de la cabeza, como si quisiera asentarse la base del cabello, y se acomodó la etiqueta de su camisa. Cuando trajo su mano de nuevo al frente un río de hormigas caminaba por debajo de la manga.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Cuenta cuentos. REPORTE 2

Hace aproximadamente dos días, hemos encontrado un documento que, después de la revisión del personal de nuestro departamento investigativo, hemos concluido se trata de una especie de crónica que explica el origen de esta nueva era. Está claro que no se puede tomar como una verdad científica este tipo de documentos que mas bien obedecen a la ficción. Sin embargo, creemos prudente poner a su conocimiento este hallazgo. Como lo hemos anticipado, la investigación entorno al espejo exige primero una investigación entorno a los principio de nuestra raza y su relación con el sistema planetario en el que vivimos. Por esa razón este documento que les presentamos nos parece oportuno e interesante.


La nave se crispaba intensamente. El movimiento indescifrable del vehículo inestabilizaba los circuitos moleculares que mantenían el funcionamiento normal y fluido en la cabina; la compresión entre los cuerpos se debilitaba, provocando que la cabina se transforme en un ir y venir frenético de objetos que peligraban la integridad de los hombres a bordo. El ambiente incomodaba a los tripulantes que, abrumados, no atinaban una maniobra que les permita retomar el curso que había enrumbado a la nave hacia lo que, en apariencia, constituía una fuerza de atracción central de un sistema que no constaba en los planos de navegación del computador.

El temblor interno se intensificaba. El vehículo, de a poco, se convertía en un objeto errante, cuyo destino final de vuelo estaba a merced de aquella fuerza centrífuga que la atraía a sus entrañas. Todos abordo se aseguraron a sus asientos con las correas que colgaban a los lados, formando una cruz negra en sus pechos. La nave caía precipitadamente.

Aquel acelerado descenso provocaba un vacío en el estómago de los tres tripulantes. Max, el teniente a bordo, permanecía impávido, él y su asiento parecían uno; su vista, asustada, se perdía en el firmamento de aquel planeta al que, llenos de vértigo y con poco control de la aeronave, se acercaban rápidamente. De no ser por la contracción de los dedos de sus manos, aferrados a sus rodillas, la imagen de Max era perturbante: no se movía, no se distinguía la inhalación del aire, ni un pestañeo, no era capaz de articular una palabra. Aquel silencio alarmante, impropio en un humano, de cierto modo, equilibraba el ambiente en la cabina frente a los desenfrenados gritos y órdenes no correspondidas que emitía Ssob, el capitán en jefe. Como responsable de la expedición (que ya aparentaba un fracaso) Ssob intentaba, por todos los medios, recobrar el control del vehículo; a pesar de estar atado a su asiento el capitán no se cansaba de manipular los controles principales, desesperado, gesticulaba torpemente, gritaba incoherencias que pretendía sean captadas por Dooku, el científico e investigador de la tripulación, pero éste tampoco reaccionaba. El griterío de Ssob sólo encontraba los ecos de las ya ardientes latas de la nave. Un cegante estallido justo en frente de la nariz del vehículo, arrancó espeluznantes alaridos por parte de los tres hombres. Max y Dooku intentaban mermar el vacío de sus estómagos juntando las rodillas al pecho, pretendiendo arroparse con su cuerpo. Ssob sólo cerró sus ojos, sintiendo el sudor apoderarse de su rostro y al miedo carcomer sus intestinos y desahogar sus esfínteres.

La nave iba rompiendo la atmósfera de aquel sistema, de aquel planeta que los recibía amenazante. El calor al interior de la cabina era infernal; sin embargo, esa penetración en una presión atmosférica similar a la de su sistema, acumuló fricciones que originaron chispas cerca de los propulsores posteriores, llenando su interior con suficiente energía para que éstos vuelvan a prender. La tripulación recobraba, parcialmente, los circuitos moleculares y el control del vehículo, no obstante, el choque era eminente...

El impacto sorprendió a todos. La aeronave pareció haberse hundido, por un momento, sobre una superficie que amortiguó la caída; suficiente para detener la peligrosísima velocidad con la que descendía el proyectil. Después de varios segundos (que en la mente de los hombres parecieron minutos) en los que la nave se mantuvo en esta especie de cama elástica que de a poco cedía al peso de los hierros hirviendo, finalmente la nave cayó a tierra y un inmenso velo de arena cubrió los cristales del vehículo. Al interior de la cabina todo se vino encima; y sólo después de un minuto, cuando las cosas terminaron de caer y todo parecía estable ya, los tripulantes tomaron conciencia del daño: las miradas recorrían el lugar de arriba a abajo, de derecha a izquierda, como queriendo encontrar un orden que ya no había. Sólo en esos momentos los olores a orines y metal y cable y plástico fundidos se hicieron evidentes. Inhalaron profundamente, se sacudieron las cabezas, se desabrocharon los cinturones, se reconocieron entre sí y abrieron lo que quedaba de puerta.
Los primeros en bajarse fueron Dooku y Ssob. Max, lentamente, recobraba la tranquilidad y el color de la piel. En efecto, los tres náufragos comprobaron que la aeronave había impactado con una especie de enorme carpa antes de colapsar con la superficie. El inmenso agujero en lo alto de la carpa, provocado por el choque del proyectil, permitía atisbar una cielo anaranjado, hermoso; un cielo inasible que oscurecía y opacaba esos últimos rayos de sol que luchaban aún por brillar antes de desaparecer en el horizonte.

El aspecto dentro de la carpa no era igual, el panorama entristecía a cualquiera; y no hacía falta salir de la misma para saber que el planeta estaba vacío. Las huellas de destrucción se evidenciaban a través de los ventanales de aquel invernadero. Afuera, el paisaje era desolador, polvoriento, con unas enormes huellas negras en la tierra, de las cuales, en la espantosa tranquilidad e infinitud de aquel desierto, salía todavía humo, provocado por algún tipo de impacto nuclear. Lo que la carpa guardaba parecía haberse conservado mejor. Aparentemente se encontraban en lo que algún día fue un centro de documentación y recopilación de información. Los anaqueles aún guardaban una cierta distancia simétrica entre sí; algunos estaban destruidos totalmente, doblados sus hierros y con los libros y papeles regados por el piso, como una gran alfombra blanca. El más entusiasta a la hora de explorar las hojas fue Dooku, detrás lo siguieron Max y el capitán en jefe. Los tres empezaron a revisar las amarillas páginas que encontraban. Sin embargo, una información en particular les llamó la atención.

Ssob había encontrado algo dentro de un paquete de hojas que habían sido resguardadas por una caja metálica negra. El documento podía leerse sorprendentemente con claridad. Los tres revisaron el contenido: “Antropos, Antropología”, eran las palabras que confundían a los tripulantes; sin embrago, emocionado, con los ojos iluminados y enormes, Dooku recordó que aquellas palabras respondían a una lengua antiquísima de una cultura llamada griega. “Antrophos= hombre; logía= tratado” enunció entusiasta Dooku. Las miradas silenciosas se cruzaron; consternados, los hombres esbozaron una sonrisa nueva, se tomaron la cabeza, gritaron al firmamento, se desahogaron de lo que parecía ser una incertidumbre de siglos. En sus manos reposaba la prueba fehaciente de lo que hasta ahora había sido un mito, una leyenda que trataba de explicar el origen de su sistema, de su mundo. El amarillo papel confirmaba la existencia de lo que algún día fue la raza humana.


Departamento Investigativo 64 (Cuarta Órbita)
Recopilación: Michael de Nostradamus, 35- julio lunar - 3026